Siguiendo la recomendación de Javier Holgado en un comentario a un post anterior, aquí os presento al Padre Manjón.
En 1846 nacía Andrés Manjón y Manjón en el seno de una familia humilde. En el tranquilo pueblo de Sargentes de Lora, en Burgos, la vida de la familia Manjón discurría con serenidad mientras los progenitores trataban de educar a su hijo de la mejor manera posible. Lo que no se imaginaban era en la celebridad que se convertiría ese pequeño unos años después.
Cuando Andrés comenzó a estudiar latín, y debido a la dureza de sus profesores, fueron más de una las ocasiones en las que se planteó volver al campo. Siguió y la vida le llevó hasta Granada, donde fue elegido cabildo de la Abadía del Sacromonte para dar Derecho Canónico. Fue el primer paso en su andadura hacia el sacerdocio, al que llega en 1885.
Es curioso cómo inicia la inmensurable labor social y educativa el Padre Manjón. Todo empieza con un paseo por las cuevas del Sacromonte, donde él oyó a unos niños gitanos analfabetos recitar el Ave María. Ese preciso momento determinaría la carrera del Padre Manjón, quien años después desarrolla las Escuelas del Ave María.
Lo que comenzó con el acompañamiento a la maestra que enseñaba a esos niños terminó con una obra maestra en la que puso todo su esfuerzo, coraje y corazón. Una auténtica revolución pedagógica se estaba fraguando.
Se convierte el Padre Manjón en el precursor de la denominada «escuela activa», una forma de pedagogía de carácter progresista que se cuestiona la educación formal a la que considera pasiva para el alumno. Un concepto que venía de la época de Rosseau y que el Padre Manjón hizo suyo como parte de su filosofía.
Lo que hizo Manjón, en todas las disciplinas que enseñaba, fue huir del «memorismo estéril» como signo de esa escuela pasiva que trataba de educar a los niños con autoritarismo y formalismos. Luchó entonces por ese proyecto basado en la educación práctica, participativa, colaborativa como base de todo y democrática. Una escuela marcada por los valores que el propio Padre Manjón profesaba.
Tenía claro cómo debía enseñarse cada materia para que surtiera efecto en el desarrollo personal de los críos. Los estaba alimentando de conocimientos y saberes para que ellos mismos se convirtiesen en personas válidas y completas. En este sentido, concretamente en la enseñanza de la Religión, apostó por las narraciones históricas y la puesta de la historia en el centro de todo «Lee la Historia, estudia la Historia, enseña la Historia de la Religión antes que el catecismo» era su máxima para llevar a los niños por los caminos que desembocaban en las verdades de la Religión.
A la hora de cuestionarse la enseñanza de los idiomas, el sacerdote estableció que la mejor manera de aprenderlo era de una manera práctica, comenzando por los ejercicios para que la práctica llevase al saber, sin tener que memorizar previamente tantas reglas.
Estas bases no se entienden sin la teoría del juego en la pedagogía manjoniana, fundamentada en la idea de enseñar jugando. Desarrolla la teoría que luego implantará en aquellos juegos y dinámicas que le eran posibles. Esto provocaba una mayor retención de la información en la memoria del niño. Títeres, rayuelas y demás como instrumento pedagógico.
Es imposible valorar como se merece el gran esfuerzo que hizo el Padre Manjón con su labor pedagógica. Las escuelas Ave María enseñaron a muchos niños con esta forma tan particular. Su pedagogía llega hasta nuestros días, en los que se plantean nuevas maneras de aprendizajes con enseñanzas como las del Padre Manjón. Lo vemos cada día con los bosques escuela y las escuelas más prácticas que teóricas que siguen en esta línea. Esta es otra manera de reconocer y alabar su obra aún hoy día.
Gracias, Javier, por tu recomendación